Volverás a mí
Cuando el cielo cayó

¿Quieren saber cómo nacieron mis ojos de agua? Esos en los que vienen a mirarse desde todo el mundo.
Siéntense, que esta historia es vieja. Tan vieja que cuando pasó todavía no había hombres, ni estaba yo como me ven ahora. Había bestias grandes como casas, que hacían temblar el suelo a cada paso.
Y un día el cielo se cayó. No es un decir, niños: se cayó de verdad. Una piedra venida de las estrellas, grande como una montaña, vino a caer aquí. Aquí, donde ustedes ahora corren descalzos.
Hubo un destello más grande que mil mañanas juntas, el mar se puso de pie, y las bestias grandes como casas cerraron los ojos para no abrirlos nunca más.
Ahora van a pensar: qué historia triste, abuela. Pues no. Porque hasta de lo que parece el final nace siempre un principio.
Esa piedra, por debajo, donde nadie miraba, rompió la roca y la llenó de huecos. Y en esos huecos empezó a juntarse el agua. Esperó millones de años. Las cosas bellas no tienen prisa, cuántas veces se los tengo que decir.
Hasta que la tierra cedió y se abrieron, uno por uno. Mis ojos de agua. Los cenotes.
Vienen de una catástrofe. De una piedra que parecía traer solo muerte, y que abajo, en silencio, estaba cavando lo más sagrado de esta tierra.
Por eso, cuando salen de un cenote, se sienten distintos. No es impresión suya: han tocado algo antiguo, y lo antiguo siempre deja marca.
Kiki lo sabe. Nada como un pececito y no le tiene ningún miedo al agua profunda. Entra como quien vuelve a casa, porque en el fondo lo siente, aunque no sabría decirlo: que esa agua y ella se conocen desde antes. Desde mucho antes.
El capítulo trae también la voz del agua, y lo que me contó: que hay dos aguas que se quieren y no pueden tocarse. La dulce, tímida, en el cenote. La salada, valiente, en el mar. Viven cerca y viven separadas. Pero bajo tierra, donde nadie mira, ciertos días se encuentran de verdad. Se rozan un momento, y después cada una vuelve a su casa.
El amor es como el agua: siempre encuentra un camino.
Volverás a mí
